Cuando no tienes ganas de nada

Te despiertas y lo primero que aparece no es sueño, es desgana. La ducha se siente como un trámite largo. Abres el chat, ves tres mensajes sin responder y cierras. Pones una serie que tenías pendiente y a los diez minutos ya no sabes de qué iba. No estás triste exactamente. Es más bien que nada tira de ti.

Y lo que más desconcierta es que tampoco disfrutas del descanso. Si al menos estar tirado se sintiera bien, tendría lógica. Pero pasas el día sin hacer nada y por la noche estás igual de agotado, más la culpa encima.

No es pereza, aunque se le parezca

La pereza tiene una característica que aquí no se cumple: al perezoso le apetece otra cosa. Prefiere quedarse en el sofá porque el sofá le gusta. Cuando no tienes ganas de nada, tampoco te gusta el sofá.

Eso es lo que cambia el diagnóstico. No es que elijas no hacer; es que el sistema que genera el impulso está en mínimos. Y a un sistema en mínimos no lo arregla la fuerza de voluntad, igual que gritarle a un teléfono con el 2% de batería no lo carga.

De dónde suele venir

Por qué esperar a tener ganas no funciona

La mayoría espera a que vuelva el ánimo para empezar. Es lo intuitivo, y es justo al revés de como funciona: la motivación no suele venir antes de la acción, viene después de los primeros minutos. Te pones a fregar sin ninguna gana y a los cinco minutos algo se destraba. Ese algo no estaba disponible antes de empezar.

Así que la pregunta útil no es «¿cómo recupero las ganas?», sino «¿cuál es la cosa más pequeña que puedo hacer sin tenerlas?».

Lo que sí mueve algo

  1. Haz la versión ridícula de la tarea. No «ordenar la casa», sino «recoger tres cosas». No «salir a correr», sino «ponerme las zapatillas». Suena a poco y es exactamente el tamaño que se puede sin ganas
  2. Sal a la calle antes del mediodía, aunque sean diez minutos. La luz de la mañana es de las pocas cosas que actúan sobre el ánimo sin que tengas que creer en ellas
  3. Empieza por el cuerpo, no por la cabeza. Ducharte, comer algo de verdad, mover las piernas. El ánimo suele ir detrás del cuerpo, no delante
  4. Reduce las decisiones. Deja la ropa lista, ten dos comidas fijas que no haya que pensar. Lo que ahorras ahí queda disponible para otra cosa
  5. Ponte una sola cita con alguien en la semana. Sin ganas también. Los planes con otra persona se sostienen mejor que los que dependen solo de ti
  6. Cuenta los intentos, no los resultados. Si hoy hiciste tres minutos de algo, eso cuenta. Medirte por resultados cuando estás sin batería solo confirma que no puedes

Lo que suele empeorarlo

Cuándo conviene consultarlo

La desgana pasajera se mueve: hay días peores y días algo mejores. Conviene mirarlo con un profesional si aparece esto:

Pedir cita no es dramatizar. Es lo mismo que ir al médico por un dolor que lleva dos semanas sin irse.

Cuando no hay con quién hablarlo

Esto es difícil de contar porque desde fuera se lee como una queja sin causa. Te preguntan qué te pasa y no hay un motivo concreto que señalar, así que la respuesta suele ser «nada, estoy cansado». Y quien escucha se queda con que estás flojo esta semana.

Aun así, ponerlo en palabras cambia algo. Dentro de la cabeza la desgana se siente como una descripción de quién eres; escrita se ve como lo que es, un estado que lleva un tiempo y que tiene motivos. Sirve igual sin poner tu nombre, porque el alivio no viene de quién te lee.


Si hay algo que vienes cargando en silencio, escribirlo sin poner tu nombre es una forma de soltarlo.

Confesso — escribe en anonimato y siéntete acompañado

Si el malestar no se va, por favor no lo cargues en soledad.
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